El Espíritu Santo en la Iglesia

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 LA OBRA DEL ESPÍRITU SANTO EN LA IGLESIA

 

 El Espíritu Santo En La Historia

Podemos decir que el cristianismo es lo que es hoy porque se ha concientizado que el Dios revelado en las Escrituras es Padre, Hijo y Espíritu Santo. El cristianismo es no en tanto, activo, dinámico y progresivo tanto en su desarrollo y progreso. «Es sabido que desde los días en que se redactan los escritos neotestamentarios y a lo largo de los tres primeros siglos de cristianismo, la ocupación teológica primaria fue la cristología, la persona de Jesucristo. Y en oblicuo, y paulatinamente, la pneumatología, el Espíritu Santo.»1 Pero fue

solamente con el correr del tiempo que la Iglesia transformó el legado escritural de la verdad concerniente al Espíritu Santo en una formulación doctrinal y teológica. Muchos de los Padres de la Iglesia Primitiva y la mayoría de los primeros credos hicieron referencia al Espíritu Santo, pero por lo general la doctrina no fue hecha objeto de controversia, y por consiguiente no fue desarrollada. El credo de los Apóstoles que simplemente dice: «Creo en el Espíritu Santo», data del primer siglo en su compilación original. «La primera teología madura sobre el Espíritu Santo aparece propiamente en el siglo II se prolonga en el III y llega a su culmen en los siglos IV y V.»2 Recién en el siglo cuarto (IV) le dio su forma moderna.

Es evidente que las primeras décadas de la Iglesia por lo menos estaba entregada a la verdad de la existencia y el ser del Espíritu Santo. Pero si volvemos al primer siglo y echamos un vistazo en el libro de los Hechos, vemos que el acontecimiento más grande es la irrupción, la efusión del Espíritu Santo. El Espíritu Santo es, prácticamente, el motor de todo. Si comparamos Hechos con las Epístolas de Pablo, es cierto que no encontramos en los Hechos grandes declaraciones teológicas sobre el mismo pero si uno lee atentamente se da cuenta que es una realidad que lo impulsa todo.

Uno de los primeros autores que mencionaron el Espíritu Santo fue:

Clemente de Alejandría (155-220 D. C.). Escribió: «El espíritu Santo es uno y el mismo por todas partes». Él enseñó que el Espíritu Santo, descendiendo del cielo sobre el hombre, le hacía capaz de contemplar las cosas divinas.

Tertuliano describió en el (160-222 D. C.), sobre el bautismo en aguas, una confesión específica de fe en el Espíritu Santo es indicada, antes de la inmersión. Tertuliano fue el 2 Ibid., pp.68-69 primer Padre de la Iglesia que usó el término «trinidad» aplicado en referencia a las personas de la Deidad, colocando consecuentemente al Espíritu en la misma base con el Padre y con el Hijo.

En cierta ocasión Tertuliano se refirió al Espíritu Santo como el «Vicario» de Cristo. Esta palabra significa «substituto», pero desde entonces ha sido adoptada por la Iglesia Romana y es usada para el Papa.

Orígenes (186-253 D. C.) En una declaración de las doctrinas de su tiempo dijo: «El Espíritu Santo es asociado con el Padre y el Hijo en honor y dignidad. No es claro si fue o no engendrado. Él inspiró a los escritores sagrados». De otros escritos es evidente que Orígenes adoptó la posición de creer que el Espíritu Santo es increado. Enseñó que el ministerio del Espíritu Santo era para otorgar santidad, y que la doctrina del Espíritu emanaba solamente de la revelación.

Por otro lado no todos los registros antiguos concuerdan con la ortodoxia.

Los Monarquíanos Al comienzo del (segundo) II siglo, enseñaban que el Espíritu Santo no es distinto del Padre y del Hijo.

Pelagio (360-420 D. C.) rechazó la doctrina de la obra creativa del Espíritu en regenerar a los creyentes, y con esto comenzó una línea de pensamientos que ha llegado a estar representada por el Unitarianismo y ciertos liberales extremados.

La Escuela Macedonia Anterior al concilio de Nicea (425 D. C.) negó la personalidad y la Deidad del Espíritu.

Hipólito (Siglo III) es responsable de haber presentado al Espíritu Santo como una mera fuerza en vez de una persona.

Aún los creyentes ortodoxos no siempre estaban de acuerdo con la sana doctrina. Las funciones de la Palabra y el Espíritu eran evidentemente confundidas.

 El Espíritu Santo Establece la Iglesia

El libro de los Hechos es sin duda el libro por excelencia en la presentación de la Iglesia desde sus inicios en Jerusalén hasta que Pablo, el mayor «héroe» de la Iglesia primitiva, llega la principal ciudad del Imperio Romano. El libro nos ofrece además una panorámica de la vida y de la predicación de esta ciommunidad primitiva que ya en sus inicios fue llamada «cristianos». Nos nuestra como desde Jerusalén siguió su expansión del Evangelio hacia Samaria, Antioquía, Asia Menor, Gresia hasta llegar a Italia. Es también en este libro donde vemos de una forma clara y eficaz que la Iglesia debe su origen y existencia

misma al Espíritu Santo. Al hablar de la Iglesia Primitiva, por supuesto que nos referimos a la Iglesia o comunidad del primer siglo, la primera comunidad de Cristianos, la cual cómo el mismo libro de los Hechos nos relata, tuvo su inicio en Pentecostés. Día en el cual los mismos discípulos de Jesús aguardaban todos unánimes el cumplimiento de la promesa (Hch.

2:1). Aguardaban conforme al mandato del Mismo Jesús, que les dijo que no saliesen de Jerusalén sino que esperasen la promesa del Padre (Hch. 1:4). Y así lo hicieron como nos relata Lucas en el libro de Hechos, y el día de Pentecostés el principio de vida fue impartido a la Iglesia, poniendo así el combustible a su motor para que empezara a funcionar y avanzar. Y mientras que la Iglesia exista aquí en La Tierra, ese mismo Espíritu Santo continuará morando en la Iglesia y dándole la vida tan especial. «Jesús consideró a sus discípulos como el remanente de Isrrael que aceptó su proclamación del Reino y que después formó el verdadero pueblo de Dios, el Israel espiritual.»3 Los doce apóstoles elegidos por Cristo para dar inicio a Su movimiento, el cristianismo, ellos son los encargados a partir de Pentecostés de esparcir el Evangelio de Salvación al Mundo. El Espíritu Santo, que allí les fue concedido, es quién les dará la fuerza y la entereza para evangelizar. «Esta actuación del Espíritu del Señor tendrá una continuidad ininterrumpida en todo el tiempo de la Iglesia que entonces se inicia»4

Una de las contribuciones importantes del Espíritu Santo a la Iglesia es constituida por el hecho que ha dado y confirma la Palabra escrita. Por medio de una intuición directa en el corazón del creyente el Espíritu Santo constituye una declaración de que Dios es el Autor de las Escrituras. Eso es lo que le da al cristiano la seguridad de que la palabra que es manual de su vida, la Guía de la Iglesia, es la verdadera Palabra de Dios, confirmada por Cristo y sellada por el Espíritu Santo.

Dios tiene una Iglesia sobre la Tierra, la cual está compuesta por todos los verdaderos cristianos. Esta Iglesia podríamos decir, es un organismo espiritual del cual es miembro todo creyente verdadero, sea cual fuere la afiliación a organización externa que tenga. Esta iglesia no es otra sino el cuerpo en el cual todos los miembros están vitalmente unidos, de manera que ellos no viven sólo por sí y para sí mismos, apartado de los demás, sino que están unidos unos con otros en un enlace real. A esta iglesia, se entra a formar parte por medio de Jesucristo, pues Él es la puerta (Jn. 10:9). Nadie entra en la iglesia sino por la puerta. «Pero fuera de la puerta, por así decirlo, está el Espíritu Santo, quien en forma soberana se acerca a ciertos individuos y los conduce irresistiblemente hacia esta puerta, y a través de ella, de manera que se conviertan en miembros de la Iglesia de Jesucristo.»5 En otras palabras, es el Espíritu Santo quién establece esta Iglesia verdadera. Y esta naturaleza fundadora del Espíritu Santo así como el método que Él utiliza para establecer la Iglesia es algo que vemos claramente delimitado en las Escrituras, especialmente en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Si ponemos atencion por ejemplo en el acontecimiento de Pentecostés (Hch. 2:1- 13), nos damos cuenta de que Lucas pasa a describir un acontecimiento que tuvo carácter constituyente en la existencia de la Iglesia primitiva. Escena de enorme trascendencia en la historia de la Iglesia nos narra Lucas en este capítulo del libro de Hechos. A esta escena, como a algo extraordinario, se refería Jesús cuando, poco antes de Su ascensión, avisaba a los apóstoles de que no se ausentasen de Jerusalén hasta que llegara este día (Hch. 1:4, 5).

Cuando se cumplieron los días: Esta introduccion nos asegura que llegamos a una fecha importante en la historia lucana del pasado que dio existencia a la Iglesia. Con la misma fórmula se anunciaba el nacimiento del hijo de María (Lc 2,6) y la inauguración del viaje-éxodo de Jesús (Lc 9,51). Equivale, por consiguiente, a un indicativo que señala el principio de las etapas más importantes en la historia sagrada de Lucas. Aquí señala el terminus a quo para la nueva era de la Iglesia, inaugurada por el don del Espíritu.6

Es ahora precisamente cuando puede decirse que va a comenzar la historia de la Iglesia, pues es ahora cuando el Espíritu Santo desciende no como una promesa invisible, sino como un hecho visible sobre la «iglesia» para darle la vida y cargarla con el combustible necesario para que su motor funcione y empiece así su movimiento.

Tenemos además los Evangelios, así como las cartas Paulinas que nos dan más detalles del proceso de esta iglesia, del funcionamiento de esta maquinaria a partir de entonces, así como los procedimientos para una persona hacer parte de la misma. Las Escrituras nos dicen que «el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios» (Jn. 3:5), con lo cual entendemos que uno debe nacer de nuevo por el Espíritu Santo a fin de entrar a formar parte de la iglesia de Cristo, como Jesús lo indicó a Nicodemo. Además, todo miembro debe confesar que Jesucristo es el Señor, y esto sólo se puede hacer con el poder del Espíritu, como lo dijo Pablo: «nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo (1Cor. 12:3). Y eso, una vez más nos confirma que la iglesia, la cual Cristo es la cabeza, es establecida por el poder del Espíritu Santo. Como algunos autores dicen: «Del mismo modo que el Espíritu Santo formó el cuerpo físico de Jesucristo en la encarnación, así también forma el cuerpo místico de Jesucristo, es decir, la iglesia.»7

 El Espíritu Santo Administra la Iglesia

En la Iglesia que es el cuerpo de Cristo, cada miembro está puesto de tal manera que pueda ejercer la función que le es propia. El Espíritu Santo da a cada miembro del cuerpo de Cristo un don o una facultad particular, según Él quiere (1 Cor. 12:11). Estos dones o talentos, son los que permite a la Iglesia el ejercer su actividad de forma ordenada y efectiva y servir a Dios honradamente. Cristo mismo ha capacitado a unos como apóstoles, profetas, maestros, etc., (Ef. 4:11) El Espíritu Santo dirige la administracion de la Iglesia para que se tomen decisiones sabias (Hch. 6:1-7). Es Él quien en un momento de discordia y murmuración da las instrucciones para la resolución eficaz del problema, de forma que todos sean atendidos de igual manera, y que la administracion sea más justa y eficaz (Hch. 6:1-7). Es quién coordina y organiza la iglesia, y da la presenta la forma que la Iglesia debe ser administrada. Es Él quien equipa a la iglesia completamente para que sea capaz de llevar adelante la obra del ministerio y para la edificación del cuerpo de Cristo. En todo el libro de los Hechos vemos como el Espíritu Santo es quién pone a parte a los que quiere que trabaje en Su obra, como el caso de Bernabé y Pablo. Vemos como dirige a los discípulos indicándoles por donde pasar y por donde no pasar, y qué hacer en cada situación.

Todos los negocio y el programa de la Iglesia en la tierra deben estar bajo la dirección  y la guía del Espíritu Santo (Hch. 20.28; 15.28). La Iglesia progresa en la medida que el Espíritu Santo es permitido ser el líder de ella. Si nos fijamos en los Evangelios, cuando Jesús al inicio emprendió la tarea de formar Su Iglesia, vemos que Él ha comenzado con un pequeño equipo de trabajo, los cuales Él mismo los preparó como líderes. Ese equipo central que era al inicio de 12 luego fue ampliado a 72, y en Pentecostés vemos que llegó a crecer hasta llegar a un grupo de 120. «Él adopta el mismo criterio hoy, preparando gente para el liderazgo que le dé continuidad a la obra de crecimiento y desarrollo de su iglesia en un compañerismo activo con él».8 Y para poder entender por qué Cristo lo hace así, primeramente tenemos que darnos cuenta de que, desde el mismo principio de Su obra Dios decidió incluirnos como amigos y colaboradores en la misma. Él quiso y sigue queriendo que seamos parte de la administración de Su obra, Su pueblo, Su Iglesia, juntamente con el Espíritu Santo, que es principal administrador Cristo que es la cabeza de la misma. Vemos que desde la Creación Él dotó a Adán y a Eva con todas las facultades y dones necesarios para ejercer el dominio y la administración de lo que había creado en Su nombre (Gn. 1:28). Y aún que el ser humano ha fallado y ha decepcionado a Dios en la responsabilidad de gestionar lo que le había encomendado, aun así, al nacer de nuevo por medio del bautismo, Él nos hace una nueva creación, y al entrar por la puerta que es Cristo volvemos a hacer parte de esa nueva realidad del Reino de Dios. Es entonces cuando los privilegios y responsabilidades que habíamos recibido para gobernar y gestionar nos son restaurados por el Poder del Espíritu Santo, quién capacita, prepara y pertrecha al pueblo de Dios para entrar otra vez en una cooperación activa y dinamica con las Tres Personas de la Trinidad. No queda duda de que el Espíritu Santo de Dios está siempre dispuesto a capacitar a los creyentes y a dotarles con las facultades necesarias en la labor de administrar, gestionar y liderar la obra de Dios, pero es deber nuestro como Sus siervos, pedir Su dirección y permanecer constantes en Su camino. «Él guía indudablemente: pero tanto sus orientaciones, como la capacidad para reconocerlas y obedecerlas, podrán aprovecharse únicamente cuando cedamos el lugar al Espíritu Santo, quien es el legítimo representante de Cristo sobre la tierra.»9 Vemos a través de las Escrituras y también de la historia, que la iglesia primitiva era completamente consciente de encontrarse bajo la accion y conducción del Espíritu Santo y de estar llena de sus dones. Así vemos como el Señor glorificado ejerce Su plena autoridad sobre ella.

 El Espíritu Santo Y La Evangelización

El Espíritu Santo da la fuerza y el ánimo para predicar (Hch. 4:8, 13,31).

Los discípulos que antes veíamos con rasgos de timidez y cobardía (Mt. 26:5; 26:69-74), ahora les vemos transformados en intrépidos propagadores de a doctrina de Cristo (Hch. 2:14). Pedro predica ante el Sanedrín cuando antes negó a Jesús ante ese mismo tribunal (Hch. 4:18-20). La narración que encontramos en (Hch. 2:14-52) es interesante porque contiene el primer sermón cristiano. Pues antes estábamos «acostumbrados» a escuchar sermones de boca de Cristo, pero ahora vemos por primera vez, un sermón acerca de Cristo en boda de otro. Eso sí es algo más que interesante, y que se hará luego, cada vez más común entre los diferentes personajes del Nuevo Testamento.

A medida que la iglesia primitiva se va organizando y avanzando en su labor, vemos que usaban básicamente cuatro tipos de predicaciones:

1. Había lo que se llama el Kerygma, que quiere decir literalmente el anuncio de un pregonero, y consiste en la exposicion de los hechos clave del Evangelio que no se pueden negar ni discutir, como vieron claro los primeros predicadores.

2. Había lo que se llama la didajé, que quiere decir literalmente enseñamza, y que dilucida y desarrolla el significado y las implicaciones de los hechos que se han proclamado. Para decirlo en términos actuales, es como si, después que el predicador ha expuesto los hechos incontestables, los oyentes le preguntaran: « ¿Y ahora qué?» La didajé sería la respuesta a esa pregunta.

3. Había lo que se llama la paráklésis, que quiere decir literalmente exhortación. Esta clase de predicación presentaba a los oyentes la obligación de ajustar su vida al Kerygma y a la didajé que ya les habían dado.

4. Había lo que se llama la homilía, que quiere decir el desarrollo de un tema o departamento de la vida a la luz del Evangelio.

Habiendo ya en la iglesia primitiva estas cuatro clases de predicaciones, cabe puntualizar que no habría una mejor que otra a la hora de llevar las buenas nuevas de Cristo Jesús, sino que «una predicación integral tiene algo de los cuatro elementos: contiene la proclamación de los hechos clave del Evangelio; la explicación del significado de tales hechos; la exhortación a ajustar a ellos la vida, y el desarrollo de todas las actividades de la vida a la luz del Evangelio.»10 Aspectos que sin duda el Espíritu Santo fue obrando en la vida de los discípulos o pregoneros del Evangelio, para que fuera más eficaz su labor de evangelizar al mundo.

Ahora bien, en cuanto al libro de los Hechos, donde se inicia la iglesia y así la predicación del evangelio, nos encontramos especialmente con el tipo de predicación kérygmática, porque este libro nos relata la proclamación de los hechos del Evangelio que se dirige a los que todavía no los conocen. Y la responsabilidad de dicha proclamación del Evangelio, reposaba sobre los discípulos de Cristo, los cuales, como nos dice Clemente de Roma, «llenos de la seguridad que da el Espíritu Santo, los apóstoles partieron para anunciar por todas partes la buena nueva de la venida del reino de los cielos».11 Una vez lleno del Espíritu Santo, el individuo no puede hacer otra cosa que compartir la esperanza que tiene. El estar lleno del Espíritu Santo nos lleva inmediatamente y de una forma extraordinaria a la evangelización, a la predicación del Evangelio. Eso es lo que vemos cada vez que el Espíritu Santo elige y envía a un individuo a trabajar en Su obra, de eso nos da testimonio especialmente el libro de los Hechos.

Es el Espíritu Santo quién dice a dónde hay que ir y a donde no hay que ir. Él elige los caminos por donde sus obreros han de pasar, y va delante preparando cada detalle.

· Hch. 13:4, 51, 52(positivo).

· Hch. 16:6,7(negativo).

Además, es Él Espíritu Santo que también elije a las personas que deben servir en la obra de Evangelizar al mundo impartiendo las Buenas Nuevas de Cristo Jesús: «Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que os he llamado» (Hch. 15:2).

 El Espíritu Santo Unifica A La Iglesia

Vemos a través de las Escrituras que la obra del Espíritu Santo no se limita a establecer la Iglesia de Cristo, llevar el hombre a la conversión, restaurar sus vidas e incorporarlos al cuerpo de Cristo, sino que además unifica a la Iglesia, al Cuerpo de Cristo. Y eso lo hace morando en cada miembro de este cuerpo (1 Co. 3:16, 6:19). Y es por medio de este morar constante del Espíritu en los miembros es que ellos permanecen unidos a Cristo, la Cabeza de la Iglesia. El Espíritu Santo es siempre el mediador de la unión del creyente con Cristo; es decir, Cristo mora en el creyente por medio del Espíritu o a través de Él. Como dice Pablo: «Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu […]»12 Y el mismo apóstol lo sigue diciendo:

«ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús».13 Seguramente si de no ser así la iglesia no existiría, pues ¿cómo podría el cuerpo vivir separado de la cabeza o los miembros separados del cuerpo? Así «no sólo los creyentes individualmente mantienen una unión vital y mística con Cristo, la Cabeza, sino que también mantienen una unión real entre sí.»14 Y esta es una realidad que sin duda, todos los que somos cristianos la hemos experimentado al reunir con verdaderos hijos de Dios de diferentes culturas, lenguas, etc.

Ahora sí, es importante no confundir uniformidad con unidad, pues «notemos que dentro del Cuerpo, como se ha dicho frecuentemente, no hay uniformidad pero sí unidad dentro de la diversidad».15 Eso es, somos muy diversificados, pues así fuimos creados, pero somos unidos porque la unidad del Espíritu es una unidad Espiritual. Es una unidad producida por Él en el corazón y la conciencia de todos aquellos que son de Cristo. Nos estamos unidos a una organización, sino unidos a un Ser, Cristo Jesús, Quién nos Creó, nos Salvó y nos Redimió.

Sin embargo, esta unidad no es algo de lo cual debiéramos sorprendernos, pues si recordamos lo que nos dice Lucas en Hechos vemos que ya desde su fundación, la unidad era algo que ya anticipaba a la misma: «Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos.»16 Y nos asombramos aún más, cuando vemos cómo vivían en relación a las cosas materiales, bienes,alimentos, etc.: «Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas.»17 En esta familia, vista como un cuerpo habitado por un Espíritu, no había lugar para distinciones debidas a la riqueza o a la posición, al sexo o a la nacionalidad; no había lugar para el orgullo surgido de la ilustración o del privilegio religioso.18 A final de cuentas, ninguno de ellos tenía nada de que jactarse. «Todos ellos habían sido rescatados por su Señor cuando en manera alguna hubieran podido ganar su propia salvación»19

La Epístola a los Efesios nos enseña que una base inquebrantable de la unidad del Espíritu. Y esta base está constituida por básicamente siete elementos:

1. Un solo Dios y Padre de todos (Ef. 4:6).

2. Un solo Señor (Ef. 4:5)

3. Un solo Espíritu (Ef. 4:4)

4. Una sola fe (Ef. 4:5)

5. Un solo bautismo (Ef. 4:5)

6. Un solo cuerpo (Ef. 4:4)

7. Una sola esperanza (Ef. 4:4)

Estas son las bases de la unidad de la Iglesia de Cristo dadas por Él mismo a través del Espíritu Santo. Unas bases sólidas, establecida por acción y voluntad de Dios. Bases que nos permiten a nosotros como creyentes, disfrutar aquí en la tierra al menos un poquito de la unidad vivida en el cielo. Como dice René Pache: «Si los hijos de Dios pensasen que han de pasar juntos la eternidad, sería a verdaderamente el momento de que comenzaran a ponerse de acuerdo aquí abajo.»20

 LA OBRA DEL ESPÍRITU SANTO A NIVEL PERSONAL

 En El Creyente (Hch. 4:20-31).

El Espíritu Santo se constituye en el poder y la capacitacion para el creyente, para toda operación y función espiritual. Para que un creyente pueda ser espiritual, se requiere la presencia y el ministerio del Espíritu Santo. Su ministerio es interno, tocando profundamente el ser en quien obra. El creyente no debe estar satisfecho con tener una «teología» del Espíritu Santo; debe tener un sentir viviente de Su presencia y poder. Con lo cual, al estudiar las Escrituras vemos que la obra del Espíritu Santo en la vida del creyente son las siguientes:

1. Regenera. (Jn 3.5 – Tito 3.5 – Jn 3.6).

2. Da seguridad (Rom. 8.16 – Ef. 4.30).

3. Mora en el creyente (Rom. 8.9 – Jn. 14.17 –1 Cor. 3.16, 17, 1 Cor. 6.19 – 2 Cor. 13.5) 8.26).

4. Santifica (Gál. 5.22, 23 – 1 Ped. 1.2)

5. da fortaleza (1 Tes. 1.5 – Ef. 3.16).

6. Guía y dirige (Rom. 8.14 – Jn. 16.13 – Jn. 14.26).

7. Ayuda al creyente en la adoración y en la oración. (1 Cor. 14.15 – Ef. 6.18 – Rom.

8. Vivifica (Rom. 8.11).

10. Tiene comunión (Fil. 2.1 – 2 Cor. 13.14).

11. Unge. (1 Jn. 2.20, 27).

12. Sella. (2 Cor. 1.22 – Ef. 1.13).

Seguramente podríamos exponer algunas obras más que el Espíritu Santo hace en la vida del creyente, pero con eso tenemos lo suficiente para ver que la obra del Espíritu Santo en la vida del creyente es de inmensa importancia, y además no tiene limites. La obra del Espíritu Santo en la vida de todo aquel que cree en Cristo no es solo importante sino necesaria, pues es Él quién nos lleva al arrepentimiento, y nos hace ver todo aquello que debemos abandonar, cambiar o restaurar en nuestras vidas, a fin de ser verdaderos testigos de Cristo, a fin de estar realmente preparados para que Él haga morada en nosotros.

2.2 La Conversión del Creyente

Vemos que a partir de Pentecostés todos los que fueron agregados a la iglesia de Cristo, fueron impulsados a la conversión por el Espíritu Santo que había llenado a los discípulos que impartían la palabra. «Es el Señor, y no los hombres, que añade a la Iglesia los que son salvos (Hch. 2:7).»21 El Espíritu Santo es quién impulsa al hombre a la conversión, tanto a nivel individual como colectivo. Y eso lo podemos confirmar en los siguientes pasajes:

a. Las multitudes (Hch. 11:15, 16; 1:5; 2:4; 4:31; 9:31).

b. Pablo (Hch. 9:17).

c. Cornelio (Hch. 10:19, 44; 11:12).

Al hablar de conversión, muchos lo relaciona con el Bautismo del Espíritu Santo, pero el cristiano no siempre recibe al Espíritu Santo en el momento del bautismo sino después (Hch. 8:14-17), como dicen algunos estudiosos al escudriñar algunos texto bíblicos que así lo describe. ¿Por qué? Se han dado cuatro explicaciones básicas del porqué tomando en especial el caso de Felipe:

1. En el caso de Felipe (Hch. 8:4-16). Felipe estaba predicando y bautizando en Samaria, pero los bautizados solo recibieron al Espíritu Santo cuando Pedro y Juan fueron desde Jerusalén a Samaria y oraron por ellos para que recibiera al Espíritu Santo. En este caso se dice que como no era apóstol y eso es un carisma, Felipe no podía transmitir el Espíritu Santo y esto lo deberían hacer Pedro y Juan. Se trata de una idea católica para apoyar la confirmación pero eso no tiene base porque en el capítulo 9 Ananías impone la mano a Saulo y le transmite el Espíritu santo (Hch. 9:17).

2. Los prejuicios hacia los samaritanos eran tan grandes que si no hubieran sido los apóstoles, hubiera sido para los judios muy difícil aceptar esta situación.

3. La fe de los samaritanos no era del todo completa y quizá hacía falta que se les predicara más para que comprendieran mejor las cosas.

4. Hay quienes dicen que la fe de los samaritanos era mágica porque sólo habían visto a Felipe obrar milagros. Les hacía ver que se habían convertido a Felipe y a sus obras y no a Dios. Pedro y Juan no hicieron milagros allí y sólo predicaron a Dios.

Estas son las explicaciones que se han dado en cuanto a la obra de Felipe en Samaria, donde los bautizados no recibieron al Espíritu Santo en el mismo momento. También se habla del caso de Pablo, que tuvo su conversión cuando Cristo se le apareció en el camino a Damasco, pero solo recibió el Espíritu Santo cuando Ananías le visitó y le impuso la mano (Hch. 9:17).

Pero, independientemente de si un individuo recibe o no el Espíritu Santo en el momento de su conversión, una cosa está clara, la conversión es el mayor milagro que puede ser obrado en la vida del ser humano. Es el nacer a una nueva vida, nueve presentes, nuevo futuro, una nueva esperanza que nadie nos puede ofrecer sino Cristo por medio del Espíritu Santo. Es el mayor regalo ofrecido jamás a la humanidad, ya sea de forma personal o colectiva como hemos visto, pues a final, en la colectividad están los individuos, y la decisión a la conversión es única y personal. La conversión, diría yo, es aceptar la realidad que vivimos, pero no conformarnos con ella, sino vivir aquí físicamente pero en el Reino de los Cielos espiritualmente. El cristiano no solo necesita una conversión, sino que debe pasar por una conversión, y además recibir al Espíritu Santo en su vida. Pues las Escrituras describen al hombre sin Espíritu como un cadáver, incapacitado de hacer absolutamente nada (Ef. 2:1); o como huesos secos sin nada de vida esparcidos por un valle desolado (Ez. 37).

Por otro lado, es importante tener claro que la conversión no es sinónimo de conocer a Cristo intelectualmente, o ir a la iglesia regularmente. Una persona puede pasar toda su vida en la iglesia, escuchando sermones, colaborando con las actividades, etc., y tener su conversión en el último día de su vida. Muchos han tenido esta experiencia, de ser creyentes por muchos años pero no haber tenido una verdadera conversión. Vemos por ejemplo el caso de Martín Lutero, que «fue sacerdote durante doce años antes de declarar: En ese momento sentí que había nacido completamente de nuevo y que había entrado al mismo paraíso a través de portones que se habían abierto».22 Lo mismo pasó con John Wesley y cuando Jesús le dijo a un hombre que tenía que nacer de nuevo (Jn. 3:7), estaba hablando a uno de los líderes religiosos de Israel. Testimonios como estos podríamos relatar unos cuantos más, pero el objetivo aquí es mostrar cuán fácil es dar por sentado, equivocadamente, que todos aquellos que tienen una posición de líder en la Iglesia de Dios, ya se ha incorporado realmente en el Reino de Dios. En realidad eso no es así, y los pocos ejemplos que hemos visto nos lo demuestran. Este nuevo nacimiento, esta conversión es algo como hemos dicho, extraordinario, único y personal. Una experiencia con Cristo como nunca hemos tenido. En esta conversión a una esperanza viva Jesús lo enfatiza diciendo que solo es posible a través del Espíritu Santo (1P. 1:3). «Por sí mismo el hombre nunca puede ir a Dios. Está totalmente corrompido. Su inteligencia, voluntad, y emociones, están del todo corruptas. En cuanto a su inteligencia, el hombre no puede entender a Dios su reino, ni siquiera cuando se lo explican en la forma más diáfana; porque el pecado ha oscurecido su comprensión y ha hecho que en lo espiritual esté totalmente ciego.»23 Por esta razón, ésta conversión se trata de una realidad de la que nosotros, al igual que Nicodemo, podemos participar solamente a través de la obra del Espíritu Santo. Lo único que hacemos es permitir que el Espíritu Santo haga tal obra en nuestra vida, y que podamos así experimentar y vivir en primera persona este maravilloso milagro llamado conversión.

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